De la autonomía a la independencia: esencia de la mentalidad colonial Cosificar y utilizar al otro en beneficio propio, engañándole como si no fuera parte de una relación humana, es la esencia de la mentalidad colonial

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El recurso a la mentira es clave en la definición del colonialismo como relación en la que alguien no solamente sale beneficiado (pues eso debería pasar en toda relación), sino que engaña al otro sabiendo que los espejuelos que le da valen menos que las joyas que recibe.

Esto es lo que ha sucedido -dejemos si durante siglos- durante los 40 años pasados desde 1977 entre los representantes políticos de España y los de Cataluña. Los primeros ofrecieron autonomía, y los segundos fingieron aceptarla honestamente y de buena gana, cuando en realidad la han utilizado como medio para conseguir otra cosa: la independencia.

Por eso resulta tan hiriente y doloroso para los españoles -y aún más para los catalanes que se sienten españoles o simplemente no quieren abusar de los españoles- lo que sucede en Cataluña: porque desde el lado independentista todo se plantea como si no hubiera nadie al otro lado, desde luego no alguien igual (y no digamos superior) a uno mismo, como si fuera un divorcio exprés en el cual la otra parte no tiene nada que decir, como si todo fuera un ejercicio del derecho a la autodeterminación.

Pero resulta que existe una palabra dada, existe una relación en la que fue el otro quien concedió la autonomía pedida. Porque había habido una secular (desde 1.160 al unirse a la Corona de Aragón) renuncia a la independencia, para compartir la soberanía. De modo que soberanía y autodeterminación se pueden estudiar en la mesa de disección como cuestiones abstractas, pero en la realidad residen en pueblos que están vinculados unos a otros.

Por eso la Conferencia Episcopal Española hablaba en su comunicados de pueblos de España y en cambio Xavier Novell, el obispo que utiliza un medio de comunicación eclesiástico para alardear de que va a ir a votar, habla solo de su nación y del derecho de autodeterminación, como si no existiera un compromiso y una palabra dada que se quiere romper. Como si no existiera obligación de cumplir las leyes que se han aceptado; incluso aunque no se hayan aceptado de buena gana, sino por la vía de usar los medios de vida y comercio que ofrece el poder -en su caso, la aceptación del cargo de obispo a cambio de respetar las leyes de España-, lo que implica someterse a sus reglas: dad al César lo que es del César.

De modo que para el colonialista no solo el compromiso es temporal y hasta que me convenga (lo cual puede suceder en cualquier contrato), sino que además implica el engaño de no aceptar los términos convenidos.

Prueba de que para quienes han gobernado Cataluña durante décadas la autonomía era la forma de ir aprovechando los fondos y medios políticos que el Estado ofrece para lograr el autogobierno dentro de sus leyes, para saltarse esas leyes y destruir el Estado, es el enfado porque se de a otros esa autonomía.

Un enfado que ya daba pistas de que se iba a abusar de la autonomía engañando, pero que el iluso colonizado no quiso ver, dando por supuesta la honradez del otro.

El colonizado acepta ser engañado por miedo a la reacción de otro, y eso pasó en España, con Suárez, que trajo a Tarradellas y declaró la autonomía de Cataluña en octubre de 1977, sin que hubiera aún Constitución que la regulara, dando el poder a un supuesto moderado con tal de evitar que reclamaran la autonomía partidos más radicales.

Lo mismo había hecho ya Suárez al, aceptar el 27 de enero de 1977 a Santiago Carrillo como jefe del Partido Comunista, que solo después será legalizado, para evitar que un PCE liderado por una persona que no era un asesino en serie sino un prestigioso catedrático, Ramón Tamames, pudiera constituir una amenaza. Hasta hoy ese cálculo político resultó exitoso, pero el realizado en Cataluña no. ¿Por qué?

A Tarradellas, y supuestamente en él a Cataluña, se le dio el privilegio de ser la primera autonomía, a condición de no pedir la independencia. Bien claro recordaba aquel, según aparece en las memorias de Manuel Monzón (El sueño de la Transición) que nunca más querría pasar por el susto que supuso verse cañoneado dentro del Palacio de la Generalitat por el general Batet. Y hasta cierto punto cumplió su palabra.

Pero cuando catalanistas y vasquistas (representados por Miquel Roca, el que pasado el tiempo habría de defender los intereses de la Casa Real ante los tribunales) metieron en la Constitución la referencia a nacionalidades y regiones, dejaron la primera señal de que no se conformaban: solo la vio clara Manuel Fraga, que votó en contra de esa contradicción.

La soberanía no puede ser única y nacional, si luego el Estado está constituido por naciones. La mentira está, pues, en suponer salvada la contradicción llamandose nacionalidades. Porque el diccionario y el sentido común no admiten esa diferencia. Si hay regiones que no son soberanas, es que las nacionalidades que sí son soberanas. Suárez y todos los demás admitieron la contradicción ante la presión colonialista, a cambio de la promesa de no pedir la independencia. Y así hasta Zapatero, estirando la contradición para convertir a Cataluña en nación con los medios logrados prometiendo que se conformaba con la autonomía.

Han tenido que ser los jueces del Tribunal Constitucional los que aclararan que no hay tales naciones soberanas en España (1 de diciembre de 2015), y que por tanto lo de las nacionalidades es un brindis al sol. Entretanto, los nacionalistas se pasaron 40 años utilizando el dinero de los españoles y la autonomía para convencer a los catalanes de que son nación soberana y de que al otro lado no hay nadie, o de que si hay alguien es un Estado opresor que niega la evidencia.

El engaño se podía intuir en ese caballo de troya de las nacionalidades: unos tenemos más derechos que otros, algo que en cuanto la democracia se viera limpia de esas prisas y presiones de la Transición, tenía que aclararse, bien fuera para negarlo o para reconocerlo. Pero una y otra opción requerían discutir sinceramente, y hemos preferido engañar a los ciudadanos, pagando un rescate y eternizando el chantaje. Así desde Adolfo Suárez hasta Luis de Guindos.

En ese enfado de llamar a las autonomías “café para todos” se intuía que el chantaje iba a continuar. Es que si se hace demasiado café, es malo: solo algunos tenemos derecho al buen café. Claro que la expresión se utilizaba para denostar a las autonomías como si hubieran sido impuestas, como si la gente quisiera algo distinto y se les diera café del malo. Pero se podía intuir, solo intuir, que el que hace poco aprecio de lo que se le da -y pone como excusa que le dan lo mismo que a todos- es que busca otra cosa.

Por eso, repito, es tan doloroso que alguien que dice amar la verdad, como un obispo, se sume a la mentira de fingir que en esta relación no había nadie a quien amar, ni unas leyes que nos comprometimos a respetar, sino que simplemente soltamos la amarra de nuestro flamante barco, y dejamos atrás el muelle de España, en ejercicio de nuestro derecho de autodeterminación.

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