La solución para Cataluña está… en Portugal Cataluña es el síntoma más relevante de una crisis de valores e identidad en España, que podría resolverse de la mano de Portugal

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El problema catalán, en mi opinión, no es en primer lugar un problema de insolidaridad con las demás regiones de España, sino que se deriva de que en Cataluña se manifiestan por adelantado no sé si las virtudes, pero desde luego sí algunas de las enfermedades que afectarán a España. La capacidad autodestructiva de los españoles es una mala utilización de una gran fortaleza, por eso, si se quiere usar esa fuerza para unir y no para dividir, es imprescindible que los españoles nos pongamos un objetivo común. En este caso, uno bueno sería la reunificación con Portugal.

Por resumir, si antes de los romanos España era un caos -o desconocemos qué tipo de organización había-, después de ellos vino también el caos hasta que los visigodos se hicieron amos del cotarro. En sus menos de tres siglos de reinado, bastante hicieron con asimilarse a los hispanos y mantenerlos unidos; en todo caso dejaron un legado de legitimidad al que pudieron asirse los españoles que resistieron al islam. Unos lo hicieron bajo el paraguas franco -los condados catalanes-, otros por iniciativa propia: el resto de los españoles. No lo digo para fastidiar a los catalanes, sino por reconocer su dependencia de un poder superior, del que supieron desligarse en 1160, cuando sus jefes eligieron unirse a Aragón.

La Hispania visigoda hacia el año 700.
La Hispania visigoda hacia el año 700.

Precisamente por esa época se independiza Portugal (1147) y con éxito, ya que el impulso reconquistador que faltaba a los catalanes y que en cambio sí pudieron desarrollar en unión con los aragoneses, lo tuvieron de sobra los portugueses, que fueron los primeros en llegar al mar en el sur de la Penísula.

España hacia 1035.
España hacia 1035.

Por tanto, aunque no hubiera un estado único, sí había una empresa común, eso sí, con todos los matices que suceden y frenan esas empresas cuando los españoles se dedican a mirarse el ombligo: ya lo hacían los musulmanes desde que se vino a pique su régimen militar a la muerte de Almanzor, y hay que reconocer que incluso para los cristianos los momentos de impulso también pueden verse como pequeños paréntesis en sus largos ratos de disputas. Así tras los dos grandes hitos reconquistadores que dieron la primacía a Castilla (Toledo en 1085 y las Navas de Tolosa en 1212), y sobre todo tras la gran empresa de San Fernando al conquistar Jaén, Córdoba y Sevilla, la reconquista se volvió a desinflar por dos siglos, incluyendo guerras civiles y guerras entre Castilla y Portugal, guerra civil catalana…

Hasta los Reyes Católicos. De ellos hablaré poco, por haberlos tomado insistentemente como referencia el franquismo: y es que de ellos viene no solo el Águila de San Juan y la unión de las dos coronas, y al final la anexión de Navarra, ni siquiera su importancia está en el fin de la Reconquista, que también, sino sobre todo en el impulso americano, que supondrá la gran ilusión nacional durante tres siglos.

Con ella se cruzan las guerras europeas en defensa de derechos que hoy nos parecen extraños como motivo de luchas, y que además generaron no solo desgaste y miseria, sino insolidaridad, más o menos justificada frente a las exigencias del Conde Duque de Olivares, en forma de nueva separación de Portugal (cuya corona ostentaba Felipe II desde 1580) y rebelión catalana en 1640. A falta de medios para afrontar ambas crisis, Felipe IV eligió Cataluña y dejó marchar a Portugal, cosa que un padre de la constitución como Gregorio Peces Barba consideraba, supongo que con cierta ironía, un error.

La ruina del imperio a causa de Napoleón -si bien ya habíamos tenido una grave guerra civil a comienzos del XVIII con la Guerra de Sucesión- supone la pérdida de esa ilusión colectiva y el pase a mirarse el ombligo, con las guerras civiles carlistas y un largo etcétera de divisiones, que la República de 1931 no solo no supo evitar sino que enconó, hasta la guerra civil en 1936. Después de la guerra, hubo una dialéctica imperialista sin imperio, y por tanto poco creíble, y falta de fe en la capacidad de los españoles para hablar de sus propios asuntos políticos. Así que la política prohibida fue sustituida por el fútbol.

Con la democracia de 1977, se volvió a hablar de política, pero sin franqueza en lo relativo a qué hacemos con España. A una parte -la mayoría- se le hizo creer que había una soberanía única, y a otros se les dejó creer hasta 2015 que la soberanía es troceable; sin diálogo real, hemos seguido hasta ahora, mintiendo a la mayoría y dándole más dosis de fútbol y otras de Sálvame y Netflix para distraerlos, y dejando que los que querían pensar en algo más serio, desvariaran soñando con una República independiente, no de su casa, sino que llegaba hasta los patios de los colegios repartiendo chocolate gratis.

Y así, entre imbecilidades de un lado y de otro, hemos llegado sin quererlo a enfrentarnos. Para cortar por lo sano, Pedro Ruiz propone mandar a los responsables un año a Somalia, y que así vean que nuestros problemas no son reales comparados con los de los demás.

No niego que esa sea solución, pero no es un castigo ver el mundo, es simplemente recordar que la globalización no es un invento moderno, sino consecuencia de que el ser humano es social, y que eso es algo tan sencillo como decir que la felicidad no se encuentra buscándola de forma individual o en corralitos, sino buscando la de los demás, a quienes nos debemos. Y nos debemos según un cierto orden, al que no se pueden poner puertas: cierto que hay que ser patriotas de la patria chica y de la patria grande, pero en ninguna de ellas se agota la solidaridad.

Si a principios del siglo XX los militares africanistas se aferraron a la oferta de dar un trozo de Marruecos a España -con lo que Alemania solo buscaba evitar que Francia e Inglaterra coparan el Estrecho de Gibraltar- y eso generó la paranoia del africanismo, como si España tuviera un destino en África; no se puede ocultar que algún destino hay que proponerse, o de lo contrario ya sabemos adónde lleva mirarse el ombligo: si se pudiera parar la locura de Puigdemont, sería cosa de esperar una o dos décadas a que surgiera el siguiente loco, si no allí, en el País Vasco, o vaya usted a saber dónde. Porque los españoles tenemos mucha energía, y eso no es malo, pero la energía hay que usarla para mover el mundo y no para retorcerse la propia mano.

Ya somos de hecho los españoles (en general) muy solidarios con ONGs etc, punteros en donación de órganos, médula ósea, sangre, etc… Señal de que también hay que serlo en política. Naturalmente, quizá lo más oportuno sería salvar a Sudán del Sur… Pero se nos dan mal los idiomas y hay que ponerse un objetivo al alcance de la mano. Hispanoamérica, o como se quiera llamar, es nuestro destino por herencia histórica. Pero hay impedimentos serios y bastante les ayudamos si, estando en buena forma económica, podemos ofrecerles una mano amiga en Europa.

Precisamente la Unión Europea ha sido la gran ilusión colectiva de la primera generación de la democracia. Pero esa generación ha pasado, quizá la mejor prueba de ello son los sucesos de Cataluña, donde una panda de locos no ha dudado en tirar por la borda todo lo que habíamos construido en Europa, el prestigio y la fuerza de España. Sea como fuere, la Unión Europea es una realidad y ya no una ilusión que pueda atraer como objetivo de futuro a toda una generación.

Así que, no por exclusión sino por volver a la esencia hispánica, nuestro próximo reto podría ser la unificación con Portugal. Lo suficientemente complejo -por unir una República con un Reino y por mil cosas más- como para exigir mucha imaginación… Y por tanto más atractivo que si fuera un reto tan fácil como, digamos, la independencia de Cataluña. Y con el atractivo de ser todo ventajas en vez de todo inconvenientes. Y de no existir ya agravios históricos relevantes que lo impidan: pues no se puede negar que, además de por energía, destacamos los hispanos en envidia y rencor, de modo que plantearse una unión especial o estratégica… digamos con Francia, parece más que imposible (y sin embargo ellos se lo proponen con Alemania, para lo cual tendrían cien mil obstáculos más que esgrimir).

En definitiva, puede tacharse esta pretensión de ilusa, cuando es desde luego más una pretensión lusa, pues a los portugueses no parece desagradarles. Pero o tenemos ilusiones o tendremos fantasías como la del supremacismo catalán. Las grandes crisis son también grandes oportunidades. Y las oportunidades no duran por siempre.

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